Romance de la Torre de Espaderos

Cantamos la tragedia que tuvo lugar en habitaciones olvidadas e inaccesibles de la torre de los Cáceres Andrada, que llamaron nuestros abuelos de Espaderos para recordar la muerte hace siglos de dos jóvenes amantes, cuya pasión enloqueció al padre de ella, un noble señor de las armas ambicioso y arrogante en busca de una gloria que truncó el amor de su hija con un joven de inferior posición.

En aquellos tiempos, la villa de Cáceres estaba dividida en banderías enfrentadas, siendo el honor y el coraje de los nobles monedas muy preciadas. Sólo la llamada del Rey para combatir al musulmán lograba hermanarlos, trayendo momentos de paz a unas calles bañadas frecuentemente de sangre.

De entre todos los caballeros, despuntaba el magnífico señor de los Cáceres Andrada, un excelente mílite encopetado en el arte de la guerra, respetado por propios y enemigos. Su fama de diestro, duro e implacable llegó a oídos de Enrique IV, quien le invitó, junto a lo más granado de su ejército, a combatir en un torneo que había organizado para medir las fuerzas de sus hombres. Alimentado su insaciable ego y con ánimo de rendir la admiración del monarca, confiando en que saldría victorioso de la cita, el cacereño contrató los servicios de un joven y diestro espadero, al que precedía su fama de ser el mejor en su oficio, y le encargó que fabricara la más bella y magnífica arma con que asombrar a la Corte.

Mientras esperaba el ansiado día, dedicó su tiempo, viudo como era, a su única hija, una hermosa doncella con la que pensaba engrandecer su posición con un provechoso enlace. Para que no se malograse su ambición, la mantenía apartada del bullicio de la época dentro de los fuertes muros de palacio, recelando de sus compañeros de armas pues, cuando le visitaban, no ocultaban sus brillantes miradas a los progresos en lozanía y belleza de la joven, que ganó, de esta manera, justa fama de ser de las más hermosas que había en Cáceres.

Pero el amor se presentó de la forma más inesperada y cruel para tales pretensiones. El ingrato claustro facilitó que los dardos de la pasión viajasen libremente por las estancias del palacio y uno de ellos acertase el corazón de la joven, que empezó a suspirar por el espadero, quien, siguiendo las órdenes del poderoso señor, acudía todos los días a enseñarle sus progresos con el arma. Poco a poco, en las ocasiones que fugaces momentos permitían, cruzaban ardientes miradas, gritando sus ojos lo que debían enmudecer sus cuerpos para no suscitar la ira del padre.

Llegó por fin el gran día de las justas, y a ellas acudió con sus mejores galas y con la fabulosa y reluciente espada el cacereño, llevando consigo un numeroso séquito en el que destacaba su hija, y que también contaba con el espadero como ayuda de cámara. Durante el torneo, el noble deslumbró a todos, ganando el aprecio del rey. Y junto a sus victorias, la joven doncella ganaba igualmente la aclamación unánime a su delicada belleza, siendo agasajada por muchos caballeros cuyas solicitudes insuflaron la voluntad del noble de mejorar su linaje.

Ensoberbecido por la próspera jornada, accedió a la petición del monarca de iniciar una nueva operación contra los musulmanes. Deseoso de entrar en acción, confió la doncella al cuidado del espadero en su regreso, junto al resto del séquito, a Cáceres, sin pensar siquiera que hubiera peligro en ello, depositada su confianza en quien, con su buen oficio, había sido uno de los artífices de su gloria. Aliviados en el camino de la estrecha vigilancia paterna, al fin mediaron bellas palabras entre los jóvenes, y, sin otro cuidado, se entregaron a la pasión que sentían.

Mas el romance, sin que ellos apercibieran que no entiende de tiempos ni lugares, fue causa de retrasos en el viaje de vuelta. Y lo que era dicha infinita trocó en tragedia.

El padre, terminada con éxito la breve escaramuza, tornó camino a su hogar. Divisando, desde la lejanía, las torres de la villa de Cáceres, se extrañó de dar alcance al séquito, que debería haber llegado jornadas atrás a su destino, y que, sin embargo, yacía varado y ocioso aún a varias millas. Sorprendió a los amantes en palabras de amor y de futuro, y, montado en cólera, apresó al espadero y lo condujo a su palacio, arrojándolo a las mazmorras que había en lo más profundo de la torre.

Enloquecido por el ultraje, le sometió a un cruel tormento, empleando todas las prácticas de tortura que se le antojaban para que confesase el alcance de la seducción, a lo que sólo obtenía la misma respuesta: la honra de su hija había sido respetada. En su enajenación, el señor hacía caso omiso y redoblaba los esfuerzos en su infame dedicación.

Un día, la hija, aprovechando un descuido del padre y de los criados que le auxiliaban, pudo acceder a la celda donde agonizaba el joven espadero. Se abrazó a su mutilado cuerpo, llorando y gritando el horror y la crueldad al que le habían sometido, pero tuvo tiempo de ver cómo esbozaba una sonrisa y exhalaba alegre su último suspiro en brazos de su amor. El dolor fue tan intenso, que en el abrazo también ella murió de pena.

Enterados del fatal desenlace, hubo caballeros que dieron muerte al orgulloso y delirante padre, y para eterno recuerdo de esta historia, ordenaron demoler el palacio, salvando la torre, que sigue alzándose al cielo para recuerdo de que, en sus entrañas, yacen eternamente abrazados los cuerpos de quienes por amor murieron.

 

José Luis Hinojal Santos
caceresensuspiedras.com

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